miércoles, 4 de enero de 2017

EL REGRESO

Hoy no he llorado en la playa, no he pisado las olas pensando que no podría perdonarte, hoy no he lastimado a mi alma con mis pensamientos errantes, hoy sólo he salido de mi jaula de mentiras, de mi añoranza exultante y extravagante que siempre te nombra y te renombra.

Hoy he vestido mis penas de luto, porque ya no tienen lágrimas para venderme, no poseen poder sobre mi cuerpo, sobre mi mente, ya no pueden seducirme, y han perecido en su llanto, mientras yo he renacido para encontrarme, para volver a esculpirme desde las cenizas que sobraron después del fuego del quebranto de mi engaño.

Hoy te he visto, te he mirado, y no había velos que me cubrieran, ni filtros que te retuvieran, no había dolor, no había daño, sólo sentía que mi pecho se abría para alzar desde mi templo una rosa que te esperaba, que te soñaba, una rosa cuyos pétalos te besaban en tus días ajeno a mi presencia cercana.



Bastó sólo que muriera la ostentación de mi sombra, la exquisita fantasía de mi ignorancia, para que llegaras al puerto de mi alcoba, para que te hicieras tangible y rompieras mi esperanza, pues ella había dado ya el fruto de lo imposible al traerte conmigo a través de los tiempos, desde el remoto espacio que antes nos separaba de lo eterno.

Cuando entendí que ya eras, pues te alojabas en la quimera de mis recuerdos y de mis sueños, todas las dudas se desvanecieron, y el mar, lleno de dicha, me regaló tu regreso.

Hoy no he llorado por miedo, he cantado a la luna, he danzado con el alba, he reído bajo el sol de este mes de enero, hoy he salido de mi jaula de tristezas, de mi desconsuelo, pues la llave de la libertad reside sólo entre las estrellas que en mis ojos se erigen, justo con tu llegada para poder recibirte.

Y hoy es ayer, amor mío, ese hoy pasó veloz hace ya un tiempo, y en este preciso momento, celebro contigo aquel suceso, y brindo por tu sonrisa, tus palabras, el reencuentro, el amor, lo inesperado de nuestra unión en el jardín de los luceros que creamos al reconocernos cuando viniste a mí al atardecer de nuestros cuerpos.

Arael Elama.




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